Somos un puñado de carne y huesos
nadando en este mar infinito que es el tiempo.
Entrañas tratando de dejar un recuerdo,
sólo eso.
Si acaso un guiño
o un buen gesto,
si acaso una lección aprendida
o la sombra de un error que nos persigue.
Vulnerables y finitos,
creyéndonos eternos.
Viviendo con la falsa seguridad
del mañana y el después.
Viviendo en un estado
de costantes aplazamientos,
¿acaso hemos olvidado
que la muerte es lo único que nos espera al final?
A los ojos de los astros
no somos más que un parpadeo,
tal vez un suspiro
que tiene la falsa ilusión de una vida más allá.
Perdidos en numerosas quimeras
hemos descuidado la gran verdad:
si hay algo seguro en la vida es la impremanencia
y la mortalidad.
Impermanencia de los estados
del pensamiento y el ser.
Impermanencia de nuestra estancia en el universo,
mortalidad del cuerpo y la conciencia.
Y al ver como se nos escurre la vida
de nuestras callosas manos,
hemos sucumbido a la desesperación
y creamos un reino de los cielos.
Ciega es la humanidad
al no asimilar la impermanencia,
al no valorar la única vida
y la única oportunidad de ser.
Qué es el hombre al final
sino un animal en este ciclo infinito,
un simio complejo y arrogante
que aprendió a pensar y sentir.
En el libro de nuestra especie
a lo sumo seremos un renglón.
Polvo que servirá de cimientos
en la construcción humana.
A este cosmos vasto
con interrogantes imposibles,
poco le importa nuestras vidas
y el olvido de nuestros ancestros.
Somos una más de sus creaciones efímeras.
Sólo eso.